Hanoi consume algo de ti nada más llegar. Tal vez sea el olor a gasolina de las miles de motocicletas que invaden sus calles, o el del calor mezclado con incienso y lluvia. El caso es que una parte de ti se queda suspendido, escondido entre las tiendas que toman las aceras, detrás del continuo estruendo de motores, o bajo el puente rojo de la felicidad.
Es una perfecta toma de contacto con lo que fue, podría haber sido y será Vietnam, al menos a los ojos de un adormilado turista occidental que aún no ha superado el jet lag. Confucio, Ho Chi Minh y Billy Gates comparten mantel en un festín de locura, en el que hombres y mujeres sin llegar a la treintena sueñan con un futuro sobrecogedor de catorce horas de trabajo, dos hijos y diluvios discontinuos.
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